sábado, 21 de abril de 2012

Los mejores también pierden


El Barcelona perdió el clásico. No es para alarmarse, si de hecho ya había perdido la liga. Celebración para los madridistas por razones lógicas, hasta ahora ven un sol verdadero que los limpia de una frustración que ya se hacía costumbre.
Aparte del orgullo y el superego maltratados, menos sorpresa en los que pierden porque es lo que ya era: un equipo degastado, un equipo en franco agotamiento que pronto o ya, ha empezado a odiarse. ¿Por qué? Simple: porque es agotador mantener el mejor nivel; porque cansa ser el mejor. Está claro, sobre todo en un deporte como el futbol, no apto para veteranos, que el futbol más eficiente requiere de una maquinaria implacable y que mantener ese nivel eternamente es imposible. ¿Entonces por qué exigirle más a este Barcelona que lo ha dado todo? Y todo no quiere decir TODO. Quiere decir sólo, un futbol maravilloso, dinámico, de fantasía, opuesto a la brutalidad y a lo burdo. Un futbol que sólo significa futbol.

viernes, 20 de abril de 2012

Dijo Bolaño


"Hace unos días, con Juan Villoro nos pusimos a recordar a aquellos autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido, aquellos autores que gozaron en su momento de muchos lectores y que hoy sufren la ingratitud de esos mismos lectores y que para colmo de males no han conseguido interesar a los lectores de una nueva generación.
Pensamos, por supuesto, en Henry Miller, que en su día tuvo una gran difusión en España, y cuyo nombre estaba en boca de todos, pero cuya fama tal vez obedecía a un equívoco: es probable que más de la mitad de los que compraron sus libros lo hicieran esperando encontrar a un pornógrafo, algo que en cierta manera se justificaba y era una necesidad en la España que emergía después de cuarenta años de censura frailuna y franquista.
En el otro extremo recordamos a Artaud, puro nervio ascético, que en su día también tuvo buenas ventas, y no pocos admiradores españoles y mexicanos, y que si uno comete hoy el error de preguntarle a una persona menor de treinta años por su nombre seguramente recibirá una respuesta desoladora. Ya ni siquiera aquellos que están interesados por el cine saben quién era Antonin Artaud, lo que es igual de grave".

De Entre paréntesis

domingo, 15 de abril de 2012

El mito del panadero trágico


El increíble talento del panadero tailándes Kittiwatt Unarrom.
¿Es realmente el poeta un ser trágico? ¿Y si lo es, es más trágico que un panadero? Que yo sepa nadie tiene estadísticas  al respecto. De modo que no podemos deducir cuál de los dos grupos es el más trágico. Entonces es por su cercanía con la prensa, y su buena prensa, que al poeta trágico se le mitifica, mientras que al panadero trágico se le anonimiza. Si es por lo que cotidianamente expresan, el poeta en su poesía y el panadero en su pregón, algún hijueputazo ha de soltar el de los panes, por las malas ventas, por el alza en el costo de la harina, por el calor o simplemente porque la vida es una mierda. Lo que se hace insoportable entonces es el ego de los poetas que con facilidad suelen colocarse en la cumbre de las expresiones humanas y creen ser la consumación de la especie. Hace falta fundar el mito del panadero trágico y del taxista trágico y la mercadera trágica y …

jueves, 12 de abril de 2012

¿Quién es el dueño de la pelota?

Isidro Rodríguez Silva

Cierto día en que impartía su taller de narrativa, allá en la Universidad Centroamericana en Managua, el maestro Lisandro Chávez Alfaro, sabio en el narrar, decía que la narrativa era en una alegoría como el boxeo. En la novela te llevas el round que vos querrás, pero en el cuento obligadamente tienes que noquear, esto debe entenderse como noquear al lector. Es precisamente lo que hace Juan Sobalvarro en El dueño de la pelota, un nocaut con malicia y juego narrativo.

lunes, 2 de abril de 2012

Formas del ser, y el texto


Las formas huidizas del ser, según Cortázar: “Soy yo, soy él, y él no era Manú, él era Horacio, el habitador, el atacante solapado, la sombra dentro de la sombra de su pieza por la noche, la brasa del cigarrillo dibujando lentamente las formas del insomnio.”
Lo impresionante aquí es el terror o vértigo de la voz que habla, su pleno desconcierto frente a la traicionera mutación, ante las camaleónicas formas del ser. Pero esto además es texto y casi magia. Prosa travestida. Sí, cosa digna para el insomnio.
Supongo que lo que al final provoca el terror, es ese habitador que no puede ser expulsado. Porque no, no hay manera de llegar a una negociación con él. No puede haber un despegamiento definitivo, por eso cuando nos enteramos pasa a ser el atacante, el que cuestiona desde las sombras, el que machaca con persistencia y casi siempre despiadadamente, porque ese es su gozo, su alimento, ese retorcimiento, ver las cosas retorcerse porque es la única forma que puede tener lo inacabado, lo que se mueve imperfecto.

jueves, 22 de marzo de 2012

Ribeyro se fuma sus libros, la provocación de la pira


“Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses —y en consecuencia leer mis cartas—, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o

martes, 20 de marzo de 2012

De aprendiz con Ribeyro


Julio Ramón Ribeyro
Ribeyro me tiene desconcertado, cada cuento suyo que leo me crea la duda de cuál es el mejor. Acabo de leer por ejemplo La insignia, el relato de un hombre que se hace militante de una organización por puro azar: un día se encontró una medallita en la calle, se la clavó en el traje e inesperadamente alguien con quien se tropieza lo convoca a la próxima reunión de la organización a la que se empieza a integrar de manera muy despreocupada y para la cual realiza una serie de tareas entre banales y descabelladas. Al final llega a ser presidente de la organización sin saber de qué va el asunto. No importa saber con anticipación el final del cuento porque el meollo del asunto está en lo que remueve en el intermedio, las expectativas que despierta, los prejuicios que activa. Sin recurrir a la insolencia, Ribeyro se burla de la manera más arrasadora de la militancia. De la sustancia esa en la que muchos se sumergen para sentirse parte de un caldo, de una cosa que les dé sentido. Ribeyro no decora con pronunciado retoque sus textos, pero hay puntadas de sentido y de ritmo en sus cuentos, una traviesa perspicacia, una sonrisa ligeramente cínica, un sentido de la atrocidad sin aspavientos, que anulan cualquier demanda que podamos hacerle a su estilo.